Cruel matanza de focas y lobos marinos en la Patagonia

A partir de la apertura del paso habilitado por Hernando de Magallanes en 1520 y hasta la concreción del Canal de Panamá, el extremo sur del continente Americano se convirtió en ruta obligada, tanto para el transporte marítimo como así también para aventureros, balleneros, naturalistas y colonos.


El reconocimiento de esas costas avizoró un gran potencial de materia prima muy requeridas en Europa y Norteamérica; grasas y aceites para lámparas, cosméticos y medicinas; cueros y pieles; minerales y piedras preciosas, razones que estimularon a enfrentar desafíos a cualquier precio. Ecología y conservación del medio ambiente eran conceptos que en aquel entonces no eran muy tenidos en cuenta; a excepción de este artículo, publicado en 1895 en la revista "The boy's own paper" y de la pluma del reverendo William C. Rhys; colono y uno de los precursores del asentamiento de galeses en la Patagonia, autor además de las "Memorias de la colonización galesa".

Así comenzaba el reverendo Rhys: "En el feriado de Guy Fawkes, hace nueve años, un pequeño grupo de quince personas, ignorando la ley argentina y la legítima licencia correspondiente, se aventuró en una pequeña nave desde un puerto en la Patagonia hasta las isletas y rocas de la vecindad habitadas por lobos marinos.Un miembro del grupo, caballero veraz e inteligente, a su vuelta me dió los datos sustanciales de la expedición mediante este relato":


"No habíamos navegado lejos, cuando los nervios olfativos, así como los ópticos, nos informaron de la proximidad de la isleta Escondida, que es probablemente el centro más valioso de pieles de lobo marino de toda América del Sur, por la cantidad que hay.

El mar que rodea la isla bullía con estos interesantes mamíferos. Nos rodearon mientras remábamos en nuestra canoa desde el barco hacia la isla, surgiendo de entre las aguas y espiándonos con actitud inquisitiva. Nos daban una mirada furtiva y luego se sumergían, para luego reaparecer vez tras vez para inspeccionarnos. Pero pronto la costa rocosa de la isla, desprovista de playa, exigió nuestra concentración pues presentaba una real y formidable obstrucción. Bajo considerable dificultad y ante serios riesgos de vida finalmente pudimos desembarcar.

Habíamos llegado en la mejor época, porque la época de cría recién comenzaba y sólo se veían cinco crías. Dejando tres hombres con provisiones para llevar a cabo las operaciones, volvimos a zarpar hacia la isla de Race, a unas cien millas (ciento sesenta kilómetros) más al sur y a unas quince millas de la costa. Hay una fuerte corriente que suele circundar esta isla, y sin duda fué esta característica la que le dió el nombre. Es una isla relativamente pequeña y con una forma peculiar que semeja al número ocho.

Después de desembarcar todos los elementos necesarios, el barco, con sólo tres o cuatro tripulantes enfiló hacia Egg Harbour (Fondeadero de los Huevos), en el continente. Buscamos un lugar para acampar y lo hallamos donde había restos de un campamento en una cañada resguardada. Allí levantamos las carpas.
Desde la parte más alta de la barranca de la cañada, teníamos una vista completa de la isla y sus habitantes. Era una vista inolvidable. La isla estaba casi completamente cubierta de lobos marinos y desde la distancia parecía alfombrada de pieles palpitantes que refulgían bajo los rayos del sol. Sin embargo, el rugido era ensordecedor. La comunidad entera se hallaba en un estado crónico de agitación, disturbio y combate. En la Argentina, hasta los seres acuáticos parecen tener afición por la revolución. Las hembras y las crías balan como chivitos o corderos, pero los machos rugen como leones; y la vieja roca vomita a su vez los sonidos de Babel en profundos quejidos reberverantes, como un monstruo del abismo afligido por una pesadilla.


Esta isla había de ser nuestro hogar por varias semanas. ¿Pero, cómo podríamos tolerarlo?. La atmósfera estaba cargada de tal hediondez, que se transmitía a cada bocado de alimento, a cada sorbo de agua. Pero la Seññora Natura tiene gran sabiduría y es una eximia instructora. Pronto aprendimos a comer bien a pesar del hedor y a dormir profundamente sin importarnos el estrépito. Muchas horas pasé observando los hábitos de las focas. Cada ola traía varias a la playa y llevaba mar afuera a otras tantas. Había escaramuzas y duelos aquí y allá, con explosiones de celos por doquier. Pero a través de todo eso, como pincelazos de oro y plata, se observaban las maniobras ya estudiadas, ya espontáneas, de devoción, las rarezas y jugarretas amorosas, y las crías retozando y luchando en las rocas como corderillos en vegas floridas. Si el "primo Juan" hubiera podido inventar una manera de remolcar esta isla con sus habitantes, nosotros incluídos,hasta Chicago, habría ganado el primer premio del gran show de su famosa feria.

La fricción causada por siglos de ida y venida de estos lobos marinos había pulido las rocas como si fueran pistas de patinaje sobre hielo, y tuvimos que aprender a caminar con mucho cuidado.Uno de nuestro grupo resbaló y cayó. Quedamos horrorizados al verlo deslizarse a toda velocidad hacia el mar. En el último trecho, ya sobre el borde, alcanzó a sujetarse. En la isla de Race encontramos las dos clases de lobo marino: los de un pelo y los de dos o de piel. Los primeros son mucho más grandes y a veces se los llama "leones marinos". Al no tener patas, las aletas las reemplazan bastante bien. En el agua les sirven para trasladarse y en la roca resbalosa actúan como ventosas con que afirmarse. En tierra las usan como patas para trasladarse a velocidad increíble.

La comunidad se dividía en cuatro clases distintas: 1) La grajera, o de crianza, donde los machos maduros mantienen bien acorraladas a las hembras y a las crías de la temporada; 2) a cierta distancia, en un grupo totalmente aparte, se hallan los machos de uno a siete años; los menores de esa edad no son admitidos en la grajera; 3) los de dos pelos formaban un grupo entre ellos, parecían no haber venido con fines de reproducción; 4) en la playa occidental de la isla, se hallaba lo que llamábamos el hospital, donde se juntan los viejos, los heridos o los débiles; se retiraron allí, o lo que es más posible, fueron echados por los más fuertes que los vencieron en la batalla de la vida; parecían leprosos apartados en un leprosario; estaban tranquilos y se mantenían juntos, buscando solaz y simpatía. En el hospital ví solamente machos, lo que me permitió inferir que a las hembras se les permite quedar en la grajera durante toda la vida.


Observamos muchos casos de fuerte afecto entre los animales. Si una hembra estaba por morir, el macho a menudo la llevaba al mar. Una vez divisamos un macho en el mar nadando por días con un bulto extraño en la boca. Después de varios días salió a la playa y lo matamos de un tiro. Ante nuestra sorpresa, comprobamos que lo que había estado arrastrando era el cadáver de su compañera.

Atacar a las hembras es difícil y peligroso, además es desagradable. En primer lugar están siempre rodeadas por machos; estos atacarán y guay del que cae en las fauces de un macho. No es fácil matar a los machos, aún a balazos, y además su cuero grueso, duro y lleno de escaras es de poco valor. Después están las crías, un caso más lastimero todavía por la crueldad repugnante con que eran tratadas por los cazadores. Como corderos inocentes llegaban balando y frotándose contra nuestras piernas, para recibir un mazazo a cambio y ser botados a un lado. Quizás, al fin, esto era menos cruel que dejarlos morir por falta de leche de sus madres muertas. A veces, mientras cuereábamos un animal que creíamos bien muerto, de pronto revivía y salía arrastrándose al mar con su piel colgando por detrás.

Las focas tienen una vida muy tenaz. A veces mientras cuereábamos sentíamos ciertas contracciones o espasmos ante el corte del cuchillo. Pero no podíamos detenernos, porque la piel comienza a perder el pelo si se enfría antes de ser salada.


La fuerza del león marino macho es increíble. Cierta vez enlazamos a uno por el cuello, y ocho de nosotros no pudimos sujetarlo, y nos llevaba al mar con toda facilidad. Alcanzamos a circundar una roca con el lazo que tenía más de dos centímetros de grosor, y se escapó al mar.


La caza de los lobos marinos está generalmente salpicada de aventuras. Nosotros tuvimos tuvimos algunas escapadas por un pelo. Salí un día con la escopeta chica para tirarles a las gaviotas, y al doblar la vuelta en un cañadoncito estrecho me encontré con un león marino aparentemente dormido. Con la escopeta a tres metros de su cabeza hice fuego, se estiró y se quedó quieto. Seguí cañadón abajo y me encontré con que el piso era muy resbaladizo, al tiempo que oí el grito de uno de mis compañeros. "¡Cuidado, está vivo!", giré y vi que el animal cargaba hacia mí con sus fauces bien abiertas. Yo estaba en una trampa; un zanjón de apenas un metro de ancho con barrancas rocosas imposibles de escalar a ambos lados. La escopeta descargada y la bestia furiosa, corriendo hacia el mar. ¡Cuánto hubiera querido poder cederle el paso!. Levanté la escopeta para poder meterle el caño por el garguero, lo que creí que era fácil, pues tenía la boca abierta. Con la rapidez del rayo cerró sus fauces sobre el caño.
Me sujeté de la caja del fusil con todas mis fuerzas, pero el siguió masticando el caño y acercándose a la caja, mientras me empujaba hacia el mar. Sentía su resuello caliente en mis manos, cuando resbalé y caí. El lobo soltó la escopeta y hundió sus fauces en la suela de mis zapatos. Aparentemente disgustado con el mal sabor del calzado lo largó al momento que se arrojó al mar, dejándome sobre el borde mismo. Salí casi ileso pero sus dientes hundieron el largo del caño de la escopeta y dejó un diente profundamente hundido en mi suela. ¿Será la pérdida de su diente lo que me salvó?.



Antes de dejar la isla tuvimos una aventura que raras veces experimenta ni siquiera el cazador de lobos marinos, y que espero no se repetirá en toda mi vida. El último domingo de nuestra estada comenzó a soplar un viento fuerte. Nos metimos en la cama de noche, sin sospechar nada inesperado. A las cuatro de la mañana nos despertamos sorprendidos de ver la marea casi llegando a nuestras carpas. Había que trasladar todo a tierras más altas. Cuando aclaró, vimos que el lugar donde habíamos dormido por semanas estaba completamente sumergido. Mirando a nuestro alrededor encontramos que la isla se estaba achicando y que ya las olas lamían los puntos más altos. El lunes fue un día espantoso, y el ventarrón seguía. El mar que nos rodeaba era un conjunto de montañas y valles de blanca espuma. Cayeron sobre nosotros como montañas persiguiendo valles. ¡Estábamos perdidos...!, pero, no. La montaña choca contra la gran roca donde estamos y se parte, rugiendo y espumando. Vamos aumentando nuestra esperanza de sobrevivir la furia que vez tras vez Neptuno lanza contra nosotros. Nos rodea una caldera hirviente de espuma silbante y chorros enceguecedores.

Finalmente la isla que se encogía rompió la salvaje escena. Entonces nos dimos cuenta de que en toda la isla no habíamos visto vegetación alguna, y nos despertamos a la realidad del peligro que nos rodeaba. Estábamos en el punto más alto de la isla, pero no había ningún asomo de vegetación, ni siquiera una raíz. Caímos en la cuenta de que esa isla, en determinados momentos, quedaba sumergida por completo. Nos miramos unos a otros y leímos la desesperación en los ojos de todos; quizás en unas pocas horas subiría de nuevo y nos barrería el agua. Con esto llegaron las amargas reflexiones y los reproches. Nuestras manos estaban manchadas con la roja sangre de criaturas inocentes, sobre las cuales nos habíamos arrojado con crueldad desmedida en la época del año más importante para ellas. Bárbaramente habíamos echo volar los sesos de sus crías o los habíamos abandonado con toda crueldad para que murieran de hambre. Habíamos sorprendido a las madres cuando volvían del mar para amamantar a sus crías y nuestras dagas penetraron sus carnes y arrancaron sus cueros.¡Qué horrible carnicería! ¡Pero es el precio real de un tapado de piel!

Sin duda las olas lo sabían, y habían venido a vengar tanta crueldad descargada sobre los inocentes que cobijaban en su seno. Los espíritus del abismo se habían despertado para exigir justicia. ¡Qué odio sentía yo por toda la empresa! Esta era mi primera cacería de focas y, si sobreviviera, sería la última.

El lunes por la noche el viento amainó y respiramos un poco más libres a medida que renacía la esperanza. El martes la tormenta casi se extinguió y comenzamos a avizorar el horizonte, para ver si veíamos el barco. Nuestro barco no llegó y nos acostamos, aguantando las incomodidades. Llegó la mañana, pasó el día y nada a la vista. ¿Habría zozobrado en la tormenta? Si había sobrevivido a la tempestad, ya era tiempo de que arribara. De nuevo nuestros corazones comenzaron a desfallecer. De seguro que estábamos predestinados a perecer en esa roca solitaria en pleno océano. A nadie se le ocurriría venir en nuestra búsqueda hasta que pasaran muchos años y fuéramos cadáveres. La isla estaba muy por fuera del curso normal de los barcos comerciales, y no era probable que una nave llegara lo suficientemente cerca como para recibir nuestras señales.

Lo inesperado, a veces sucede. El miércoles divisamos una nave desconocida que se acercaba a la isla. Era el yate británico "Marchesa", en el que Lord Dudley estaba circunnavegando el globo. Nos informaron que nuestro barco había encallado en la bahía, y que ellos, al buscar reparo en la tormenta, entraron a la bahía y se encontraron con nuestros compañeros. Ellos les informaron sobre nosotros, y ahora Dudley había venido para ver cómo estábamos. Nos llevó de nuevo con el a la bahía y allí intentamos sacar nuestro barco de la encalladura. Varias veces se rompieron las cuerdas al procurar el "Marchesa" desencallarlo. Finalmente, con la perseverancia inglesa, volvió al agua. Entonces, entre demostraciones de sincera gratitud, este ángel oportuno de la misericordia, la bella "Marchesa", siguió rumbo a las Islas Malvinas.


Nuestro barco, que no sufrió averías graves, zarpó rumbo a la isla para cargar los cueros y el aceite que habíamos acumulado. Luego enfilamos hacia la isla Escondida, para levantar a los compañeros y a la mercancía que habíamos dejado allí. Por último, retornamos a nuestro puerto de embarque el día 20 de febrero de 1886. Nuestro botín consistió en mil quinientas pieles y una buena cantidad de aceite.
Mil quinientos cadáveres en unas pocas semanas, en sólo uno de un sinnúmero de asentamientos de estos mamíferos en las costas patagónicas. Sólo basta hacer un modesto cálculo para advertir que entre 1580 y 1890, desde el comienzo sistemático de depredación, hasta el comienzo de la consolidación del territorio patagónico por parte de la República Argentina, la matanza de lobos marinos, focas, ballenas etc. se pueden contar en varios millones....



Cruel matanza de focas y lobos marinos en la Patagonia